¿Qué pasó con mi vision board del 2020?

VisVisualicé todo, menos un antivirus. Jamás imaginé un 2020 infectado de un virus que empañara mis sueños.

Me ocupé de buscar un cartón bastante grande para incluir fotos de mis futuros viajes, de mi carro nuevo, de mis talleres y conferencias internacionales y de mucho dinero. Lo coloqué en mi oficina, frente a mi escritorio, para verlo constantemente.

Hasta que sonó la alarma del coronavirus. Todos corrimos a abastecernos y a encerrarnos en la casa hasta que Dios quiera, sin fecha de expiración.

Con un cartón pegado a la pared, lleno de metas sin cumplir, vivo todo lo opuesto a lo que tengo retratado en ese rectángulo:

Estoy en la casa las 24 horas del día, los siete días de la semana. Mi carro tiene dos semanas parado y no puedo salir a trabajar o a generar ingresos.

Veo con frecuencia a los vecinos. Tengo muchos años con los mismos vecinos, puerta con puerta, y sólo ahora me he atrevido a llamar a los más mayores para saber cómo están y para ofrecerme a hacerles sus compras del mercado.

En una semana he contactado a los amigos que en 20 años no he llamado. Porque ante un futuro incierto, quise expresarles mi afecto y el lugar que ocupan en mi corazón.

Disfruto comer todos los días con mi familia. Olvidé cómo se sentía comer a diario en familia. He revivido el tiempo de mi juventud, cuando luego de comer todos juntos en casa (mis padres y hermanos), veíamos a diario el Show del Mediodía y el Chavo del Ocho. ¡Cuánto nos reíamos! Así ha sido en mi casa, durante las últimas dos semanas. Compartimos durante la comida las noticias y vivencias de cada día.

He conocido nuevos vecinos y llevo dos semanas compartiendo con ellos a distancia. Abrir las ventanas de mi apartamento para observar el panorama, no era un atractivo para mí. Ahora disfruto respirar el aire desde allí y observo hasta lo más sencillo de la naturaleza. Haciéndolo, he conocido los vecinos del edificio de enfrente mientras a las 8:00 p.m. nos asomamos a aplaudir a los profesionales de la salud. A propósito, nunca imaginé que cantaría desde mi ventana ni que, desde ahí, ondearía con tanto ahínco la Bandera Nacional.

Me he reencontrado con la televisión. Pensé que esa pantalla era casi un artefacto de otra era. Resulta, que volvimos a los viejos tiempos pues como la belleza, hasta el celular cansa. De repente, la sala de mi casa se parece a una escena de antaño cuando todos se reunían alrededor de la radio o de la televisión. Pues aunque contamos con una explosión de información a través de las redes sociales, esperamos confirmar su veracidad en un medio de comunicación tradicional.

Family watching TV

Duermo ocho horas diarias. No recuerdo, antes del COVID-19, la última vez que dormí ¡tanto tiempo!, el afán de cumplir con retos y responsabilidades me lo han impedido.

Todos mis encuentros profesionales son virtuales. El COVID-19 aceleró la idea de realizar encuentros virtuales con personas interesadas en mi trabajo. Ofrezco charlas gratis a mis seguidores como un aporte a la comunidad y trabajo en los próximos talleres virtuales. De no ser por la pandemia, esto no hubiera sucedido por ahora. Confío en que esta reinvención combatirá el impacto económico.

Camino una hora todos los días. ¿Yo? ¿Cuándo antes? Sí yo. Me levanto temprano y salgo a ejercitarme porque siento la necesidad de aprovechar este tiempo para realizar algo que siempre postergo: hacer ejercicios. Tiempo que también acompaño de alguna meditación (nuevo también).

Los manjares más esperados, durante todo el año, han desfilado por mi mesa durante esta cuarentena. El menú de “la temporada” ha incluido comida muy saludable y postres elaborados por las más jóvenes. Es decir, la cocina es de todos y el “fregao” también. El que no sabía cocinar ya aprendió y el que no sabía lo que se trabaja en una cocina, ya lo sabe.

He tenido tiempo para reflexionar. Reflexionar sobre esta situación o postergación de metas. ¿Cómo algo que se originó tan lejos de estos mares puede afectar mis planes? ¿Será que me faltó visión o que me faltó cartón? Pienso que, ni lo uno ni lo otro. Aquí mis conclusiones:

Convencida de que lo “nuevo” era lo mejor, olvidé lo mejor del pasado. Me faltaba combinar lo bueno de antes con lo bueno de ahora.

Que, en ocasiones, dar la mano a quien está en la puerta de al lado es la mejor ayuda que se puede ofrecer.

Que ningún sueño se disfruta si no se cuida la salud con el descanso debido, ejercicios y una comida balanceada.

Que hay que estar al día con las deudas de cariño, porque no sabemos cuándo ya no tendremos tiempo de decir un “te quiero”.

Que tener el glamour de un carro nuevo es bueno, pero que para escaparme de un contagio no me sirve. Sólo la calidez de mi hogar me ofrece la protección y la paz que necesito.

Que “colgué” mis sueños en el lugar equivocado. El lugar donde puedo soñar con alma, tiempo y corazón es en mi hogar, no en la oficina.

Que no debo dejar para mañana lo que puedo hacer hoy, porque el mañana me puede sorprender con algo insólito.

Que mi visión debe tener un plan A, un plan B y ¡hasta un plan C! Aunque todo cambie mi propósito se mantiene, sólo cambia el medio para llegar a él.

Que no importa la dimensión del sueño en ese cartón, si no se disfruta y comparte en familia.

Por último, que en mi vision board debe ocupar un lugar primordial esta frase de Deepak Chopra: “HOY Y CADA DÍA VOY A DAR LO QUE QUIERO RECIBIR”.

¿Qué pasó con mi vision board del 2020? El COVID-19 me obligó a reiniciarlo, convencida de que ahora sí está completo y listo para continuar con optimismo el 2020.

 

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