¡Se han llevado mi cartera!

CarterasTomé el pintalabios, el polvo compacto, el monedero, el abanico de mano, mentas y mi celular, cerré la cartera y emprendí la ruta hacia la casa de Yolanda donde celebraría el cumpleaños de su esposo Favio.

Llegué, saludé y me incorporé a la fiesta. Los amigos de costumbre se encontraban en el lugar y poco a poco fueron llegando “caras nuevas”. El brindis, como siempre, estaba exquisito y la música insuperable. Bailamos sin parar, sólo pausábamos para tomar alguna bebida y refrescarnos. De repente recordé que no había escuchado mi celular sonar, ni había verificado si tenía alguna llamada perdida.  Eché un vistazo hacia ambos lados en el sofá y ¡no estaba mi cartera!

Disimuladamente miré alrededor con el afán de encontrarla. Para ese entonces, el lugar estaba abarrotado de personas desconocidas para mí y la música tan alta que se dificultaba buscar o preguntar. Sin ánimo de escandalizar, pregunté a mis vecinos y al camarero por mi bolso sin éxito alguno.

Fingí estar calmada mientras la angustia y la desconfianza me tenían aturdida. Se me había pasado el disfrute de la fiesta.

Intenté hasta el último minuto no preocupar a Yolanda pero me vi obligada a abordarla con el tema, ante la posibilidad de que estuviera escondida en algún rincón.

¡Oh sorpresa! Yolanda había tenido la cortesía de recoger y guardar las carteras de las primeras invitadas en su habitación. Por fortuna, ahí terminó mi susto aunque confieso que comenzó mi disgusto por estar en desacuerdo con esta vieja práctica de algunas anfitrionas.

Muchos de los actuales códigos sociales se plantean en manuales educativos del siglo XIX y parte del XX con la finalidad de fomentar la cortesía, la exquisitez y las buenas maneras. Sin embargo, hoy día algunas cosas han cambiado.

Comencemos por algo tan simple como una cartera. En la actualidad cargamos en ella cosméticos, llaves, dinero, tarjetas de crédito y celulares, todos artículos que debemos mantener a nuestro lado.

De igual forma, la sociedad ha cambiado. Por desgracia, los niveles de delincuencia van en aumento, sin importar el nivel social, lo que indica que debemos ser más cautelosos cuando en una actividad, aunque sea en el hogar, se reciben invitados fuera del círculo íntimo habitual.

Entonces, ¿no debemos ya omitir la práctica de retirar las carteras a las invitadas dentro de las normas de etiqueta? ¿por qué todavía algunas anfitrionas insisten en ese hábito y se exponen a pasar un mal rato ante la posibilidad del hurto de algún artículo dentro de un bolso ajeno? ¿por qué no dejar a la invitada con sus pertenencias junto a ella?

Precisamente, cuando comencé a gestar en mi mente esta historia, escuché otra donde fue sustraído dinero de la cartera de una invitada mientras asistía al cumpleaños de una amiga. Las carteras estaban “estacionadas” en una habitación aledaña al baño de visitas.

Por fortuna, el impasse no pasó a mayores debido a la astucia de uno de los anfitriones quien descubrió a la “invitada raptora” con el motín oculto en su sostén.

Sin duda, la desaparición o extravío de objetos es un momento muy desagradable para el anfitrión. De darse un caso como éste, el ingenio puede jugar un papel trascendental tal como ocurrió en esta curiosa anécdota de Churchill:

Durante un banquete oficial celebrado en Inglaterra con la asistencia de personalidades de todo el mundo, el Jefe de Protocolo observó como uno de los “ilustres” invitados escondía un salero de oro en el bolsillo de su chaqueta.

El Jefe de Protocolo, al no saber qué hacer en aquella situación, se dirigió al Primer Ministro, que por aquel entonces era Winston Churchill (1874-1965).

El ingenio que caracterizaba a Winston Churchill le hizo idear una estrategia infalible. Le dijo al Jefe de Protocolo que lo dejara en sus manos, que él resolvería ese “pequeño incidente”.

Se fue a la mesa más próxima, escondió otro salero de oro en su bolsillo y se acercó al “personaje” que había robado el salero, y le dijo al oído, mostrándole el contenido de su bolsillo: “El Jefe de Protocolo nos ha visto guardarnos el salero en el bolsillo. Será mejor que lo devolvamos antes de que tengamos un grave incidente”. Instantes después el político ladrón dejó el salero sobre la mesa.

De esta manera curiosa se resolvió una difícil situación. Aunque, esta última, nada tenía que ver con cartera pero sí con hurto y con ingenio.

¡Hasta la próxima!

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