La corbata de don Julián

 

Corbata don JuliánUn empleado feliz trabaja mejor y eso trasciende en la productividad de la empresa pero, ¿se contratan empleados felices o la empresa los hace felices a ellos?

Les comparto la historia de don Julián, una de mis favoritas. Con la esperanza de que pueda resultar de inspiración para algún empleador.

Años atrás, al llegar a mi antiguo trabajo cada mañana, recibía los buenos días con una de las sonrisas más bellas y genuinas que he podido disfrutar en el entorno laboral. Coincidir con este embajador de la alegría era la mejor forma de iniciar el día.

De la indumentaria de don Julián lo más hermoso era su expresión de júbilo. Pues su humilde condición económica no le permitía restar un peso del alimento de sus hijos para invertirlo en su vestuario. Aun así, desde su rincón, don Julián lucía muy feliz.

En vísperas de mudarnos a uno de los edificios más imponentes y elegantes de la ciudad, estábamos todos dedicados a estrenar ese habitad con nuestras mejores galas. Habíamos pensado en todo, desde el mobiliario más sobrio hasta la renovación de nuestros propios atuendos.

Fue entonces cuando pensamos en don Julián. No esperé un segundo para mandarlo a buscar. Esa conversación marcó mi visión laboral y ¿por qué no? hasta la forma de apreciar lo sencillo y más elemental de nuestro paso por un entorno laboral: el ser humano. Puedo asegurar que en aquel suntuoso Despacho no hubo funcionario ni ejecutivo que me impactara más que don Julián. Parecía carecer de mucho, pero al escucharlo desbordaba riqueza y abundancia en sabiduría y amor al prójimo.

Sin escatimar detalles comenzó a narrarme su historia y sus inicios, siendo un joven muy humilde, como “muchacho de mandados” entre empleados, que apenas notaban su presencia. Ahí le pasaron los años, se convirtió en padre y ya es abuelo. Continuaba en la misma entidad pero con otra labor, como portador de las llaves de todas las puertas de acceso a la institución. Desde muy lejos tomaba el transporte público para abrir las puertas a las 5:30 de la mañana, de lunes a sábado.

Sin escatimar detalles, don Julián me iba narrando con mucho orgullo su odisea diaria insistiendo en que su “humilde” labor nunca sería desatendida por él. Fue entonces cuando le hice un relato de la catástrofe nacional que se produciría, en nuestro país, si un día las puertas de aquella institución dejaban de abrirse al público. Con su habitual inocencia, me respondió: “¡Licenciada, pues ese día estarían cerradas la puertas de la justicia!” Al decirlo, enfaticé la gran importancia de su labor para el país y lo indispensable que él era para nosotros. A seguidas, don Julián cambió hasta su postura. De estar medio jorobado ya se sentaba erguido y orgulloso.

Inmediatamente se le entregó su nuevo atuendo: pantalón, camisa y corbata, para que luciera “de gala” a tono con la elegancia del ambiente.

A partir de ese día, luego de abrir las puertas principales del edificio y las de sus principales salas, don Julián se dedicaba a recorrer todas las oficinas de los cinco pisos del edificio dando los buenos días y exhibiendo las corbatas que iba recolectando como muestras de afecto. Su corbata se convirtió en un exhibidor de recuerdos de visitas a distintos países de sus compañeros de trabajo: la Torre Eiffel (Francia), la Gran Manzana (Nueva York), corazones (Día de la Amistad), cascabeles (Navidad), entre muchos.

En todo evento de la institución, no faltaba el saludo muy especial y la mención de su corbata (por parte del maestro de ceremonias) a don Julián, quien desde temprano esperaba con gran entusiasmo cada celebración y era objeto de una gran ovación de parte del público asistente.

Este señor pasó de ser casi invisible a ser la figura más visible y orgullosa de la institución. Seguro de sí mismo, dueño de su lugar de trabajo y demostró ser feliz con lo que hacía. Sólo bastó destacar la grandeza de su labor y reiterarle cuánto apreciábamos su dedicación.

Don Julián llegó con su felicidad de eso no hay dudas. La entidad sólo le manifestó la valía de su labor y el aprecio de todos hacia él.

Hace años que no sé de don Julián, sin embargo no me cabe la menor duda de que el cariño es mutuo, aprendimos el uno del otro.

Si a alguien le conmueve esta historia me alegraré al saberlo. Pero si a una empresa le sirve para incentivar el clima laboral, motivar la confianza entre jefes y empleados, fortalecer el orgullo laboral y afianzar la camaradería entre su equipo de trabajo, habré logrado mi objetivo.

Si logramos repartir muchas corbatas como las de don Julián, sin duda alguna lograremos lugares de trabajo mucho más productivos.

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