Sueños de un país bueno: Se buscan habitantes

Pocas veces sueño… y cuando lo hago, casi nunca logro recordar lo soñado.
Pero esta vez fue distinto. Recordé el sueño… y a quienes lo habitaron conmigo. Y, más aún, me quedó el placer de haberlo vivido.
Así que decidí hacer lo único posible: soñarlo despierta, una y otra vez, y compartirlo.
Soñé que vivía en un país bueno. Un país lleno de buena gente.
Me habían convocado a su inauguración. Caminaba hacia allí junto a una de mis hijas, por calles adoquinadas que parecían sacadas de Florencia.
A nuestro alrededor, todos avanzábamos en la misma dirección, sonrientes, con esa alegría que se siente cuando algo importante está por comenzar.
Había prisa… pero una prisa feliz. Como la que se vive antes de un concierto.
Llegamos a un gran espacio preparado para recibirnos.
Nos sentamos entre el público, expectantes. Durante horas escuchamos las normas, las bondades y la manera en que funcionaba aquel nuevo país.
Cada anuncio era recibido con aplausos. Lo que oíamos parecía increíble. Por fin viviríamos en un lugar donde el respeto, la conciencia y la bondad eran la base de todo.
Cuando terminó el encuentro, las puertas se abrieron. Afuera nos esperaban largas mesas, cuidadosamente dispuestas, listas para compartir.
La comida estaba al centro. Había variedad, abundancia y, sobre todo, orden.
Cada quien tomaba solo lo necesario. No había prisa.
No había discusiones. Solo gratitud y consideración por los demás.
Conversábamos, reíamos, compartíamos. Hablábamos de lo afortunados que éramos por vivir en ese país bueno, donde la paz y la armonía no eran promesas, sino costumbre. Y entonces ocurrió algo revelador.
Al terminar la comida, nadie pidió la cuenta. No existía el dinero. No hacía falta. Porque allí, lo importante no era cuánto se poseía, sino cómo se convivía.
Desperté con nostalgia… pero también con una pregunta que no me ha abandonado:
¿Y si ese país no era solo un sueño? ¿Y si no hiciera falta cruzar fronteras para vivir en él?
Tal vez baste con empezar, cada día, a comportarnos como ciudadanos de ese país bueno.
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A veces, el lugar al que aspiramos empieza en nuestra conducta.