Cuando un tío se va…

img_5713Pesadillas y palpitaciones interrumpían mi sueño en esta madrugada. El instinto maternal me hizo correr hasta donde mis hijas para asegurarme de que estuvieran bien. Aún así no pude conciliar el sueño, también interrumpido por una llamada equivocada a las 6:00 a.m. Todo indicaba que hoy sería un día diferente, sólo que no sabía que sería de despedida.

Tres horas más tarde, la noticia. Mi deseo de saludarlo no fue posible. Al teléfono vino su cuidadora para decirme que acababa de fallecer, tranquilo en su cama. Aún tío estaba tan cerca de la única vía de comunicación con él y nuestro diálogo era imposible. Lo llamé tarde, tío Camilo había partido al cielo.

Tranquila y serena, pienso en él. A pocas horas de su partida he recorrido toda nuestra historia en cuyo retrato de él, sin explicármelo, cambió. La imagen frágil y enfermiza desapareció para dar cabida a mi tío dinámico y conversador. Y es que hay tíos y hay tíos, y éste merece cada letra que pueda dedicarle porque las lágrimas no le harían el honor que él merece.img_5697

Así como la historia universal ha necesitado de grandes narradores para ser relatada, así tío Camilo se convirtió en una especie de Borges para narrar el origen de mi historia desde la Ciudad Mitad del Mundo hasta esta isla del Caribe. Y es que su estilo nómada le daba la libertad de llegar a cualquier tierra para ir tras sus amores. Sin agendas, sin avisos, ni días especiales, estaba acostumbrada a recibir la sorpresa de mi tío Camilo cualquier día del año. Parecía el emisario de mi familia paterna.

Desde muy pequeña, un día cualquiera se podía convertir en Día de Reyes sólo con este aviso: “ahí está tu tío Camilo”. Entonces corría a abrazarlo, a recibir el regalo que me traía y a prepararme para dar nuestro acostumbrado paseo.

Tío CamiloDe la mano de este ecuatoriano, ciudadano de todo el mundo, recorrí desde la zona colonial de Santo Domingo hasta las alturas del Empire State Building y de las Torres Gemelas en New York. En esos paseos, incluía paradas en distintas tiendas para consentirme con ropa elegida por mí. ¡Hacía mi sueño realidad!

Compartíamos, también, paseos a los parques para practicar tennis (me regaló mi primera raqueta), me enseñó a bailar cumbia y a disfrutar del ceviche y de la fritada.

Durante mi niñez, nunca recibí una carta ni una llamada suya pero se las ingeniaba para aparecer de sorpresa en las épocas especiales del año. Desde Nueva York, donde vivió por más de 50 años, se trasladaba a cualquier parte del mundo atraído por la familia. El ambiente festivo era suficiente para mantenerlo alegre y sin límites de tiempo.

Ya en mi adultez, siguió la práctica de buscarme, sin avisos. Tras unos años sin vernos, llegó hasta la Suprema Corte de Justicia (mi antiguo lugar de trabajo) en donde volví a escuchar: “la busca su tío Camilo Viteri”. Fue entonces cuando disfrutamos de largas pláticas que dieron luz a muchas incógnitas familiares. Fue un libro abierto para mí y ofreció llevarme a Ecuador para, de su mano, disfrutar de la Costa, de la Sierra, del Oriente y de las islas Galápagos. Este viaje quedó sólo en un sueño. Ilusión que buscaba llenar la tristeza de haber perdido su única hija, Sarita, de muerte natural a los treinta años de edad.img_5709

Recuerdo, también, nuestro encuentro en New York, 10 años atrás. Esperaba ver a un anciano desarreglado y para mi sorpresa detrás de un periódico abierto descubrí a un gentleman con saco, chaleco, corbata y sombrero. ¡Estaba emocionado porque iba a pasear con su sobrina luego de tantos años! Con ese look a paso muy lento, recorrimos toda la historia de mi nacimiento: hospital, primera casa y mi escuela. Su resistencia me impresionó.

Y es que los golpes de la vida, un accidente que casi termina con su vida y la pérdida de Sarita no lograron que este tío trotamundos, perdiera su nobleza y su espíritu de aventurero. Sin embargo, el Alzheimer sí pudo.

Siete años atrás sus viajes pararon y las llamadas telefónicas aumentaron. Al principio me llamaba con insistencia cada semana, me quería hablar, me quería ver. Hasta que olvidó mi teléfono.

Entonces fui a verlo. Sin avisos, ni agenda. Se emocionó cuando escuchó: “ahí está tu sobrina Jacqueline”. Lo visité varias veces a su apartamento en New York, donde vivía acompañado de su esposa. Las despedidas eran iguales siempre, nos fundíamos en un abrazo acompañado de un mar de lágrimas. Siempre pensábamos que era la última despedida. A finales del 2016 nos dimos el último abrazo.

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2016

En los últimos meses, por teléfono sólo hablaba yo, me escuchaba sin decir palabra, no me conocía. Yo le repetía lo que siempre quería escuchar de mí: que era mi tío adorado.

Hasta que, la semana pasada con monosílabas dijo saber quién era yo. Según me cuentan se puso a llorar, yo también. Sentí que era un milagro, un regalo muy breve de lucidez.

Y así se fue… como vivió. Sin avisos y libre de equipaje, a disfrutar otra aventura al lado de sus dos Saritas adoradas: su madre y su hija.

Esta vez no hubo abrazo, sólo lágrimas y tiempo para pensar qué hacer… cuando un tío adorado se va…

 

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